CHAMPI, ALGO MÁS QUE UN APODO

Agustín Artiles Grijalba –Champi-

Creo positivo y necesario recordar tus comienzos, saber de dónde procedes y hacia donde diriges tus pasos. Valorar como merece tu esfuerzo y el de tus compañeros y honrar el trabajo de aquellos profesionales que pusieron a nuestro servicio sus conocimientos, con la sana intención de mejorar las prestaciones y educar nuestras vidas.

 Va por ellos.

La añorada y orgullosa piscina del Parque Móvil de Madrid me vio crecer y fue testigo de mis brazadas. Por allí desfilaron grandes campeones, incluso medallistas olímpicos. Humilde pero orgullosa siempre supo premiar el esfuerzo de sus nadadores/as y estoy seguro que su nombre figura  con letras de oro en la memoria de todos los que allí nadaron.

Principios de los años 70. Yo tan solo tenía 11 años y sentía una enorme pasión por nadar. Quería competir y emular de paso las hazañas de Mark Spitz en Múnich 72. Era mi ídolo, me tenía encandilado y sus Records impulsaban mis emociones.

Ana Pacheco, Yolanda Raga, Jesús Graell, Raúl Botella, Civantos, Mariano Moya, Elena Tejero, Javier Cobas, fueron tan sólo algunos de sus deportistas más aventajados, pero no los únicos. El P.M.M fue siempre cuna de campeones, hervidero de grandes nadadores y waterpolistas, referente e icono de la natación madrileña y española durante su existencia.

Por si no fuera suficiente tenían una canción que me encandilaba y que deseaba con todas mis fuerzas cantar con  ellos. Para mí no había nada más increíble que llegar a la competición y formar parte activa de ese himno maravilloso que impregnaba el ambiente de magia, me  ponía los pelos de punta y nos hacía sentir más importantes. El “Mustafá”  del que recojo unos pocos acordes.

“Metralla, dinamita, Parque Móvil es el que pita.

Metralla dinamón, Parque Móvil es el mejor,

en  gimnasia, en waterpolo y también en natación”

Por aquel entonces yo no alcanzaba ni de lejos sus prestaciones, pero tenía algo que me distinguía y hacía más poderoso, mi ilusión y constancia. Tenía claro que si quería triunfar y ser reconocido en el grupo, necesitaba mejorar mi rendimiento y eso sólo era posible con dedicación y perseverancia.

¡Ahí, nadie podría ganarme!

Me acuerdo perfectamente de aquel día. Eran mis comienzos en el primer equipo y mi entusiasmo dirigía mis acciones. Tenía 14 años y de repente me encontraba entrenando junto a los mejores nadadores del equipo. Realizábamos un grupo de repeticiones numerosas de cincuenta metros y yo quería ser uno de los protagonistas.

Les pedí a mis compañeros de club salir  en primer lugar de las series y ellos me lo permitieron. Evidentemente al cabo de varias de ellas mis fuerzas comenzaron a flaquear y les tuve que ceder el paso, dándome cuenta en ese instante de mi gran error. Aprendí que mi lugar en el grupo correspondería  a mi nivel deportivo, que debería seguir entrenando con humildad, pasión y valentía, pero con la inteligencia y paciencia necesarias para  seguir alcanzando mis metas.

Mi osadía no pasó desapercibida y uno de los nadadores más importantes del equipo, al que aprecio enormemente, Claudio Camarena, campeón del mundo y subcampeón olímpico, con las guerreras del waterpolo español tuvo el dudoso privilegio de premiar mi esfuerzo y me impuso el apodo de “Campeón”, que con el tiempo se transformó en “Champion” y al final se convirtió en “Champi”, sobrenombre con el que se me conoce desde entonces en el mundo de la natación.

Claudio nunca pudo imaginar que su bendita ocurrencia tuviera tanta repercusión en mi vida y tampoco me importa reconocer que “Champi” representa para mi algo más que un apodo, al menos así lo siento. Su inícial se escribe con “C” de corazón, órgano vital, que impulsa mis acciones y que me permite lograr retos que de otra manera, me resultarían inalcanzables.

También significa pasión y entrega por una profesión que me ha dado más alegrías que tristezas, e implica cariño y agradecimiento para todos aquellos que hacen que mi vida sea más agradable y de unos recuerdos y vivencias de juventud, impregnados del hechizo de la idolatrada pileta de Cea Bermúdez, amenizados por los míticos y entrañables acordes del himno del “Mustafá” que propulsaba nuestras brazadas y nos hacía sentir inexpugnables.

 

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