Agustín Artiles Grijalba -Champi-
Yo era un chaval de tan solo 12 años y vivía esperando la llegada del verano. Porque eso significaba volver a Las Palmas, regresar junto a mi familia y reencontrarme con mis compañeros del Club Natación Ciudad Alta. Aquellos años setenta siguen latiendo dentro de mí. Guardaba con mimo una parte de la paga semanal para comprar el billete de avión que me llevaría a mi paraíso dorado: aquella humilde y acogedora piscina donde todo cobraba sentido, donde soñábamos sin límites y donde siempre me sentí querido, en casa.
Pero en aquel mapa de emociones y descubrimientos había otro lugar que despertaba en mí una admiración especial: el Club Natación Metropole. Para quienes amamos este deporte, hablar de él es hablar de historia viva. Unas instalaciones exquisitas que deslumbraban al llegar, donde cada rincón respiraba natación, esfuerzo y excelencia. No era solo un club: era el club. Era mirar alrededor y entender que los sueños también podían tener forma de piscina.
Madre mía cómo me gustaba nadar allí.
Con el paso de los años me hice entrenador, y desde esa perspectiva seguía observando con admiración todo lo que rodeaba a la entidad. En los Campeonatos de España llamaba especialmente la atención un veterano y sabio entrenador que dirigía al equipo, Enrique Martínez Marrero. Me impresionaban su tranquilidad, su templanza y ese halo de humildad y cercanía tan difícil de encontrar. Con el tiempo fui conociendo su trayectoria y comprendí que estaba ante uno de los grandes iconos de la natación canaria y española de todos los tiempos, con un historial deportivo envidiable.
Su figura transmitía respeto y admiración, más allá de cualquier otra consideración.
En sus instalaciones se forjaron generaciones de nadadores, entrenadores y personas. Allí no solo se aprendía a nadar más rápido, sino a vivir con disciplina, respeto y superación. La exigencia convivía con la pasión, y la tradición avanzaba de la mano del futuro.
Un club que convirtió el esfuerzo diario en una forma de entender la vida y sembró valores que trascienden la piscina. Referentes de distintas generaciones encarnan esa herencia de compromiso, conocimiento y entrega que ha engrandecido a la entidad, junto a tantos otros que ayudaron a que cada niño que se lanzaba al agua creyera un poco más en sí mismo.
Ha llevado su nombre a la élite mundial, formando a casi una treintena de deportistas olímpicos, reflejo de un legado que no se mide solo en medallas, sino en vidas marcadas por el esfuerzo, la constancia y la pasión por este deporte.
El sueño olímpico, tantas veces lejano, en sus aguas siempre estuvo más cerca. Porque hay lugares que enseñan a competir y otros que enseñan a soñar; el club canarión ha hecho ambas cosas durante generaciones.
Hoy, en su 92 aniversario, no celebramos solo una fecha, sino una historia de madrugadas de entrenamiento, esfuerzo silencioso y pasión inquebrantable. Honramos a sus deportistas, técnicos y directivos, que han sostenido el club con trabajo y compromiso. Recordamos las lágrimas de superación, los abrazos en la grada, las medallas compartidas y las amistades que el agua hizo eternas. A quienes estuvieron, a quienes están y a quienes vendrán.
El Club Natación Metropole no cumple años: acumula legado. Y quienes alguna vez sentimos el olor a cloro de sus piscinas sabemos que hay instituciones que no solo forman deportistas… forman parte de la vida.
Feliz 92 aniversario. Gracias por tanto.
