Agustín Artiles Grijalba -Champi-
Fijémonos en nuestra historia.
Todo lo que somos y nuestros grandes logros han nacido del carácter de mentes y brazadas atrevidas e independientes.
Venimos del aislamiento, de la soledad del pionero y de unas brazadas que aprendieron a nadar en la escasez. De entrenar en piscinas descubiertas donde antes nadie vivía de esto —y hoy lo hacen muy pocos— guiados solo por la vocación y la intuición. Era una época de pura resistencia: ante la ausencia de estructuras, el carácter llenaba cada vacío y tocaba aguantar contra viento y marea, sin apenas respaldo.
Hoy aquella semilla va germinando y vamos abriéndonos paso. Hemos ganado presencia en los grandes escenarios, competimos mejor, aunque a veces no tenemos medida y nos aupamos, sintiéndonos poco menos que australianos, para acabar atrapados en un bucle donde nos cuesta consolidar lo conseguido.
Y, sin embargo, seguimos tropezando con esa vieja herencia: admirar con razón lo de fuera pero caer en el complejo que nos empequeñece. Unos recelos que frenan nuestro vuelo, alimentados por una envidia crónica que actúa como nuestro peor enemigo y ahoga un talento enorme que desborda nuestras piscinas.
De aquellos pioneros a los deportistas que hoy intentan consolidarse en la élite hay un viaje profundo. Pero el motor sigue siendo el mismo: el alma, el hambre de superación y la certeza de que nadie nada solo.
Detrás de cada marca hay nadadores y técnicos inconformistas, con nombres y rostros, que siempre dan la cara. Imprescindibles y solidarios que nos hacen más fuertes y buscan el bien común y la grandeza de nuestra natación, pero que necesitan sentirse IMPORTANTES.
Sí, muy GRANDES.
Pero cuando se apagan los focos, para que la exigencia nunca termine y poder afrontar el día después en seco, toca lidiar con la incertidumbre, la precariedad y el vértigo de reinventarse cuando el crono se apaga.
Memoria y futuro. El mejor seguro.
Imagen: El periódico
